El anónimo

El sonido del despertador había hecho que, aquella mañana, saltara de la cama, encendiera la radio y se dirigiera a la ducha cantando y bailando. Cualquiera que la conociera se habría extrañado. Con lo que ella había odiado siempre madrugar, pero aquel era un día especial.

Muy a pesar de tener en contra las opiniones de sus amigas, para ella, aquel viernes era importante, le había despertado un hormigueo que creía imposible volver a sentir y le había devuelto el sentido y las ganas de levantarse ¿cómo podría ser aquello malo?

Hacía tiempo que su vida había entrado en un bucle de abatimiento y amargura, no sabía muy bien explicar el motivo ni cuál había sido el detonante pero ahí estaba, pintando de gris su calendario y llenándola de apatía. Hasta que un buen día, al volver del trabajo, había encontrado en su buzón lo que sería la primera de una serie de cartas anónimas dirigidas a ella.

Sus amigas pusieron el grito en el cielo desde el principio, que tuviera cuidado, que podrían ser de un loco, pero era innegable que aquel hecho había provocado un cambio en su actitud, se había vuelto más coqueta y había conseguido que sonriera más.

Es cierto que era raro, eso no lo iba a negar, sobre todo si contamos con el detalle de que en la primera carta el sobre estaba vacío, pero poco a poco, en las sucesivas se fue encontrando mensajes de ánimo tipo “que tengas un día tan bonito como tu sonrisa”, “que las nubes de este día no te impidan brillar”. Pero la que hizo que se le acelerara realmente el corazón fue “Ayer estabas preciosa con ese vestido verde”. Y era curioso, que esa frase que debería haber hecho que saltaran las alarmas en su sistema nervioso simpático, había provocado en ella un efecto muy diferente: Se había sonrojado.

Hace un par de días recibió una fotografía de la cafetería en la que en esos momentos remueve impaciente el azúcar de su café, detrás la fecha de hoy y apenas pasan cinco minutos de la hora escrita. Era una cita, estaba claro, por fin su “admirador secreto” daría la cara y podría ponerle nombre al causante de su cambio de actitud.

Dos mesas más allá la observan sus amigas que se han empeñado en acompañarla. Hablan entre ellas pero no alcanza a oírlas y menos mal.

-Creo que la bromita se nos ha ido de las manos- cuchichea una.

-A ver como se lo decimos ahora…-dice la otra.

Ambas enmudecen cuando un hombre bien parecido se sienta en la silla frente su amiga, “decididamente aquello no entraba en el plan…” piensan ambas. La observan reírse, está tan cómoda que hasta parece que coquetea.

-¿Qué hacemos?

-Espera.- Levanta el móvil y comienza golpear los dedos contra la pantalla.

En la otra mesa, junto a la taza de café ya vacía, vibra un teléfono. Su dueña lo levanta, dirige la mirada hacia ellas y contesta al mensaje: “Tranquilas, es Jose, de la ofi. Le he dicho que estoy sola así que ¡largaos!”

-¿Jose? ¿No es el chico ese que decía que era tan mono y que jamás se fijaría en alguien como ella?
Ambas dirigen la mirada de nuevo hacia la otra mesa, incrédulas. El tal Jose habla con el camarero, están pidiendo otra consumición.


-Parece que “la broma” no nos ha salido tan mal después de todo.

(Móntame una escena: Nº28 del Taller literario Literautas)

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