El "alumbrao"

Zapatos de tacón y vestidos de domingo para aquel miércoles de mediados de agosto. Cazalla de la Sierra, un pueblecito de la sierra norte de Sevilla, daba comienzo a sus festejos municipales.

Nervios en la casa del abuelo; que si “quítate esa camiseta que es mía”, que si “quien ha cogido mis planchas del pelo”, que si “espera que me echo el colorete”…

-Demasiadas mujeres para un solo cuarto de baño. -decía mi abuelo.

-Para acabar a tiempo tendrían que haber empezado a arreglarse esta mañana temprano- bromeaba mi padre. – Mañana cuando yo me levante os llamo y así vais adelantando.

Mientras en la planta de arriba seguía escuchándose la algarabía “¿me dejas esto? si no te lo vas a poner” “¿Os vais a llevar chaqueta?” “Sí, que luego refresca” “Mierda, a mí no me pega ninguna con lo que me he puesto”.

-Vamos niñas, que vamos a llegar tarde.- Nos regañaban mi madre y mi tía desde la escalera.

Todos los años igual, las mismas discusiones, ninguna se quería duchar la primera y siempre nos acababa pillando el toro. Rondando las once y media empezamos a bajar la escalera, besos para el abuelo y quinientas pesetas en el bolsillo para disfrutar de la feria.

En la Calle Llana, junto al antiguo convento, nos esperaba el resto, al pie de la “portá” esperando la llegada de la medianoche y que el encendido del “alumbrao” iluminara el camino al ferial.

Aquel iba a ser el último año que contemplara aquella estampa. 16 años consecutivos, los primeros veranos de mi vida, los había pasado esperando con emoción el encendido de la “portá” y cantar junto a la banda municipal la letra del himno, que el compositor Blas Infante escribió mientras paseaba por las calles de la localidad de Cantillana.

Más tarde, cuando las luces iluminaran nuestro camino, andaríamos todos juntos hasta la zona de las casetas y caminaríamos por el albero de su feria. Quizás, a ritmo de palmas y castañuelas contonearíamos nuestros cuerpos al son de una sevillana. O tal vez, ojearíamos los puestos para comprar algún que otro recuerdo que llevarnos a la ciudad. Sin olvidar la ya tradicional quedada, todos los primos juntos, para montar en alguna atracción.

Nervios y expectación a partes iguales nos invadían esa noche, para algunos tal vez fueran unos simples festejos, para nosotros sin embargo, era la única semana del año que pasábamos todos juntos y había que disfrutarlo.

Por fin llegó la hora. Las agujas del reloj de la iglesia apuntaron al cielo y las luces de la “portá” iluminaron nuestros rostros. Las trompetas silbaron las primeras notas del himno andaluz y los tambores comenzaron a sonar…


(Móntame una escena: Nº26 del Taller literario Literautas)

Comentarios

  1. Bego, muy bien montada la escena, con todos los ingredientes para el desarrollo de la historia, no le falta detalle, se vislumbra de forma cómoda todo lo que acontece en aquella casa , casi se percibe el barullo así como el ir y venir de los protagonistas. Cada personaje con su papel muy bien marcado.
    Disfruté mucho con su lectura, me trajo recuerdos de cuando era una adolescente e iba a las fiestas del verano, todo era alegría y risas.
    Besos
    Puri

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Puri, al ver la propuesta de Literautas de los tambores me vino a la mente ese momento y dije ¿porqué no? Me alegro haberte evocado recuerdos, siempre es bonito recordar buenos momentos.
      Besos!

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares