Nuestro último año de colegio…

¿Recuerdas el patio del colegio? Yo lo recuerdo como si ayer mismo hubiera paseado por él. La zona de los más pequeños rodeada por una valla con sus toboganes de diferentes alturas y colores. Las pistas de futbol y baloncesto donde los más deportistas jugaban a su afición favorita. La enorme explanada de arena con sus altísimos eucaliptos frente al porche de la entrada…

Si me preguntas por mi lugar preferido no me cabe ninguna duda: la puerta del gimnasio, ¿te acuerdas? Como olvidar esos recreos sentados en las escaleras de la entrada, resguardados de la lluvia, del frío y del resto del mundo…

Corría la rebeldía de los 90 por nuestros todavía jóvenes cuerpos, apoyados tú en la pared yo en tu hombro para que pudiera llegarme bien el auricular conectado a tu walkman y esa cinta, el “Nevermind” de Nirvana, sirviéndonos de banda sonora de aquel, el mejor año de nuestras vidas…

Yo siempre pegada a mi cuaderno de dibujo, tú por aquel entonces te las dabas de fumar y ni siquiera eras capaz de tragarte el humo, ¡vaya par de niñatos estábamos hechos! Decoraba mis carpetas con los retratos que te hacía, posando a lo James Deán, tú eras mi rebelde y yo tu causa, hay que ver lo poco que nos duró la película…

¿Te acuerdas el día que nos escapamos por el agujero de la valla? Te empeñaste en ir a comprar una bolsa de gusanitos con kétchup, mis favoritos, y un par de cigarrillos sueltos, a la vuelta escuchamos las voces de la maestra preguntando por nosotros al resto “¿dónde están los niños?” y es que ciertamente éramos unos niños, niños creyéndose mayores pero niños al fin y al cabo…

¡Maldita la prisa que teníamos por crecer! “Cuando me saque el graduado me pongo a trabajar” decías mirando al infinito “con mi primer sueldo me compraré una moto y cuando ahorre lo suficiente vendré a buscarte”, “¿y donde iremos?” te pregunté levantando la vista de los corazones que dibujaba en mi cuaderno, tu seguías mirando al frente, como trazando el plan perfecto y me contestaste “lejos…”

¿Cuántas veces nos castigaron ese año? ¿Cientos, miles? Sonaba el timbre para volver a clase y se nos olvidaba levantarnos, cartita a nuestros padres por faltar y castigados una semana sin salir, y ¿qué más daba si cada día nos veíamos en clase?

¿Cómo no mencionar ese primer beso? La primavera se adelantó aquel mes de marzo y nos invitó a tumbarnos bajo la sombra de unos de los muchos eucaliptos que rodeaban nuestro patio, y digo nuestro porque algo sí que lo era, aunque fuera solo un poco… recuerdo que deberíamos haber estado en clase de religión y sin embargo allí estábamos tumbados, tú con la cabeza apoyada en tu brazo, yo sobre tu pecho, “Something on the way” sonaba de fondo. Nuestras bocas inexpertas se buscaron hasta encontrarse y nuestros labios se abrazaron sin ninguna gana de soltarse…

Cometimos el error de enamorarnos, éramos tan jóvenes, veíamos el futuro como un inmenso océano y pensábamos que solo era cuestión de tiempo tener un barco para navegarlo pero, no contamos con el oleaje y al final nos arrasó la marea…

Y el curso acabó, como todo acaba en esta vida, con el verano llegaron las ausencias y las promesas incumplidas. En septiembre Instituto nuevo, vida nueva, y también nuevas expectativas pero aun así me era imposible no saltar de la silla a mirar por la ventana al escuchar una moto fuera, pobre ilusa…

Nunca viniste a buscarme y aunque lo hubieras hecho, quizás lejos esté, al fin y al cabo, demasiado lejos, ¿no te parece?



Comentarios

  1. Ooohhh, qué bonito!!! Me ha encantado!! Esos recuerdos de la infancia, y esas primeras historias inocentes...
    ¡Sigue escribiendo así!

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    Respuestas
    1. Gracias wapa!! me alegro que te guste. Ya sabes que soy adicta a este tipo de historias melancólicas.
      Un besazo!

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