Aquello en lo que nunca seremos iguales...

Era una noche cualquiera, una noche más, salía del trabajo a las tantas. Ibas a venirme a buscar como cada noche que me tocaba el turno de cierre en el restaurante, te empeñabas en hacerlo pese a que había noches en las que nos daban las 4 de la madrugada y a ti te tocaba el turno de mañana en la tienda, pero te daba igual, decías que te sentías mejor haciéndolo y para qué negarlo, yo iba mucho más tranquila…

Aquella noche te quedaste dormido, cuando salí y no te vi apoyado en ninguno de los coches que había aparcados en la puerta te llamé al móvil y al no contestarme comencé a caminar, fui por las mismas calles de siempre con la esperanza de encontrarte por el camino pero no fue así…

En una de las calles por las que caminábamos tantas noches de la mano de camino a casa me topé con la mala suerte disfrazada de borrachos con ganas de jarana, una parte de mi pensó: “tranquila, no eres el tipo de chica que llama la atención” craso error por mi parte, crucé la calle a paso ligero y mirada al frente, agarré mi bolso con fuerzas a sabiendas de que lo que menos debía de preocuparme era mi monedero…

Comenzaron a seguirme con su particular serenata de “qué bonita eres”… “¿cómo una muchacha tan linda va tan sola a estas horas?”… “¿no quieres acompañarnos un rato?”… Maldita impotencia! Pensé en toda esa gente que se llena la boca diciendo que cuando ocurre una violación es fruto de la provocación que siente el hombre al ver a una mujer vestida de forma insinuante, señores, llevaba puesto una camiseta de mi novio y un vaquero nada ajustado, el pelo grasiento y el gesto cansado después de 10 horas de trabajo en la cocina de un restaurante, caminaba tranquila sin meterme con nadie, ¿alguien puede explicarme donde estuvo la provocación?

Al torcer una esquina hice acopio de las pocas fuerzas que me quedaban y corrí, corrí como alma que lleva el diablo y como si no hubiera un mañana, mi mente repetía una y otra vez “corre, por dios, no pares de correr”. Cuando llegué a casa con el corazón en la garganta y el estómago hecho un nudo te vi durmiendo en la cama, una parte de mi pensó en no contarte nada, no quería escuchar el sermón de siempre de que “soy una inconsciente que no se da cuenta del peligro” tampoco quería que te sintieras culpable por haberte dormido, al fin y al cabo no había pasado nada…

Después de darme una ducha me metí en la cama, tú te abrazaste a mi cintura y me besaste la nuca más como un acto reflejo que otra cosa ya que seguías dormido, yo no pude evitar darle vueltas al asunto y analizar una y otra vez mi recorrido pensando en que era lo que había hecho mal, buscando esa provocación de la que tanto hablan…


Señores, cuando hablamos de igualdad no solo nos referimos a sueldos o tareas domésticas, respetarnos como iguales y dejar de tratarnos como meros objetos sexuales sería un buen comienzo, ¿no creen?

Comentarios

  1. Felicidades por el relato, me ha encantado.
    Y muy buena la reflexión final :)
    ¡Nos leemos!

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